Mensaje Arzobispo de La Serena por el Día Nacional del Migrante

Reflexión de don René Rebolledo Salinas, en el marco de la celebración que tuvo lugar el pasado domingo 1 de septiembre.

El domingo 1 de septiembre celebramos la Jornada de los Migrantes en nuestras parroquias y comunidades. Instancia propicia para orar y manifestar gestos significativos en relación a los hermanos migrantes. Acostumbramos realizar también una colecta con el objetivo de apoyar actividades y proyectos que los favorezcan.

Desde el inicio de la existencia del hombre, el movimiento de las personas de un lugar a otro es un fenómeno permanente, que comienza con el mismo poblamiento de la tierra: y creo Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla… (Gn 1, 28).

Las causas han sido diversas, entre ellas, dificultades económicas, cambios climáticos o catástrofes naturales, persecuciones tanto políticas como religiosas, agotamiento de recursos o inquietudes personales o familiares que impulsan a buscar otro lugar de residencia. También en la historia de la salvación se conoce patentemente este fenómeno. Basta citar para este propósito a Abrán, que sale de su tierra y de la casa paterna, para transformarse en Abrahán, padre de naciones y pueblos (cfr. Gn 12-17).

En nuestros tiempos el fenómeno de la migración, sin duda que ha alcanzado índices hasta ahora no conocidos. Como comunidades de fe, estamos convocados a ver en esta realidad que se presenta en la migración, un signo de los tiempos. También en este desafío se realiza, hoy como ayer, el plan de salvación de Dios. Para un discípulo misionero del Señor, bautizado y confirmado, abrirse a esta realidad y acoger al que llega, no es solamente un acto de solidaridad, es mucho más, es encontrarse con Cristo mismo, que espera ser acogido, amado y servido, era inmigrante y me recibieron (Mt 25, 35). Cristo, el Hijo de Dios, que existe desde toda la eternidad, en un momento determinado de la historia se hizo peregrino y plantó su tienda entre nosotros (Jn 1, 14). Su nacimiento tuvo lugar en una familia que no encontró alberge en Belén (cfr. Lc 2, 6-7). Entre tantas otras experiencias, también vivió el destierro en Egipto (cfr. Mt 2, 13-15). Aún hoy, resucitado, sigue llamando y aguardando pacientemente a la puerta: mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3, 20).

Acogiendo el llamado de nuestro Señor, discernido en comunidad, la Iglesia ha instituido la Jornada de los Migrantes. Este clamor adquiere especial relevancia en estos años, dado que son numerosos los hermanos provenientes de otras latitudes que han llegado hasta nosotros en búsqueda de un presente y un porvenir de esperanza.

Invito a recordar a los centenares de compatriotas que producto de convulsiones políticas o por otros motivos emigraron a países vecinos y también lejanos. Partieron buscando un nuevo horizonte para sus vidas. No olvidemos, por otra parte, que nuestro país se ha construido con el aporte inapreciable de hombres y mujeres que llegaron hasta nosotros de los cuatro puntos cardinales.

Sigamos acogiendo en nuestras comunidades a hermanas y hermanos que han llegado hasta nosotros con el objetivo de encontrar una nueva oportunidad que brinde paz, seguridad y esperanza, a ellos y sus familias. En la Iglesia todos somos hermanos. Nos une la fe en Jesucristo el Salvador, los santos sacramentos, la vida en comunidad y tantos otros aspectos del seguimiento de nuestro Señor. Asimismo, estamos vinculados a los hermanos migrantes por valores humanos, culturales e históricos. Su presencia entre nosotros puede ser muy valiosa para dejarnos contagiar por sus costumbres y fervorosas tradiciones, mientras también nosotros les compartimos nuestro modo de relacionarnos, de construir la ciudad terrena y la comunidad eclesial.

Dios, mediante Moisés, transmite a su pueblo un mandamiento que invito lo hagamos nuestro: amarán al emigrante, porque ustedes fueron emigrantes en Egipto (Dt 10, 19). La Iglesia es la comunidad de los bautizados que no conoce fronteras. ¡Somos un pueblo peregrino! Nuestros países son bellos, el Señor mismo los ha enriquecido en múltiples formas. No olvidemos, sin embargo, que no son la patria definitiva. ¡Todos somos peregrinos en camino a la patria celestial!

Fuente: Comunicaciones La Serena
La Serena, 03 de Septiembre, 2019
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